La Caixa y Visa crean una tarjeta para pagar sin pasar la banda magnética

El banco pone en marcha una experiencia piloto con un grupo de clientes para probar la eficacia y acogida del nuevo sistema con tecnología inalámbrica.

Hace tres semanas se celebraba el 40 aniversario de la puesta en marcha del primer cajero automático, instalado en una oficina de Barclays Bank en Inglaterra. Los clientes de los años sesenta tenían que adquirir en ventanilla unos cheques, impregnados de carbono 14, que les permitían retirar después una cantidad fija del cajero: diez libras esterlinas.

Desde entonces, numerosas y constantes innovaciones han transformado las formas de pago y revolucionado el poder de las tarjetas, de crédito o débito, por la comodidad que supone prescindir del efectivo en favor del llamado “dinero de plástico”.

La última novedad viene ahora de la mano de La Caixa y Visa Europe, que presentaron ayer una nueva tarjeta llamada Visa Paywave. Como indica su nombre en inglés, sirve para pagar a través de las ondas, es decir, sin que la banda magnética tenga que entrar en contacto con el terminal de venta. El secreto está en que la tarjeta incorpora tecnología inalámbrica para que, con sólo acercarla al terminal, se pueda realizar la compra de un modo rápido y seguro.

Para pequeñas compras sin comprobante

El director de Visa en España, Luis García, explicó en la presentación que la tarjeta puede ser tanto de débito como de crédito y se puede utilizar también como se ha hecho siempre. Sin embargo, con su antena interna, será muy útil para realizar pagos instantáneos y “sin contacto”, lo que hará más rápidas las operaciones y permitirá al cliente no separase de su tarjeta, una circunstancia que además incrementa la seguridad.

Desde La Caixa afirman que se trata de un sistema seguro que no puede activarse “por casualidad”. Su funcionamiento es similar al de un lector de códigos de barras que, al tener la tarjeta en su campo de acción, emite un pitido y enciende una luz para avisar de que el pago se ha realizado correctamente.

Como la operación no requiere firma ni la introducción del número PIN de seguridad, la entidad ha establecido un límite de 20 euros por operación y una cantidad máxima de cinco transacciones por día, aunque estas limitaciones se podrán personalizar en función de las necesidades de los clientes.

La tarjeta inalámbrica, sólo en cines

La Paywave no está, de momento, al alcance de todos. La Caixa ha planteado su salida como una experiencia piloto entre clientes interesados de los alrededores de los cines Kinépolis de Madrid, donde se han instalado los primeros lectores adaptados. La entidad tiene previsto extender esta tecnología allí donde los clientes y los comercios la demanden, según adelantó el director de tarjetas de la caja, Juan Morlá, por lo que esperan que, poco a poco, vaya calando entre la población.

Por ahora, sólo se podrá utilizar para pagar en estos cines pero podría emplearse en un futuro en compras habituales y de pequeña cuantía, como en quioscos, máquinas expendedoras. Además, la tecnología incluye la posibilidad de adaptarse a los teléfonos móviles, por lo que pasar el terminal sobre el lector bastaría para hacer una compra.

Los pioneros en la aplicación de esta tecnología son los estadounidenses, ya que siete millones de ellos utilizan ya estas tarjetas en centros comerciales y cadenas de comida rápida, explicó el director comercial de Visa en España, José Carbajosa. En Europa, París puso en marcha el mes pasado un proyecto piloto en el distrito financiero de La Défense. Pasado el verano, en septiembre, será Londres la que estrene el servicio para pagar el transporte público.

En España y en Europa el uso de efectivo supera ampliamente al electrónico, pero esto es algo que no preocupa a los promotores de esta iniciativa, que confían en que la tendencia cambie en los próximos años.

Una tecnología polémica

En el interior de las tarjetas Paywave reside una tecnología conocida como RFID (siglas inglesas de Identificación por radiofrecuencia) que ha levantado muchas suspicacias entre los defensores de los derechos civiles en Estados Unidos. En líneas generales, estos colectivos desconfían de un sistema que podría ser utilizado no sólo para identificar productos o servicios, sino también a las personas que los adquieran o usen, con el consiguiente riesgo para su intimidad.

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